Las estructuras de la Iglesia diocesana: características de las estructuras eclesiales

Las estructuras de la Iglesia diocesanaLas estructuras de la Iglesia diocesana: características de las estructuras eclesiales

Consistencia

Las estructuras tienen su consistencia en Cristo. «El mantiene en el mundo a su Iglesia Santa» (LG 8) y mediante el Espíritu Santo le sigue comunicando la verdad y la vida. Cristo es el que da vida a la Iglesia y la constituye en sacramento de salvación para todo el género humano. «Solamente Cristo es el mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su cuerpo, que es la Iglesia» (LG 14). Cualquier estructura desconectada de Cristo en su origen, o si no lleva a Cristo como finalidad, se convierte en algo vacío y carente de sentido. No tiene otros ideales ni se le ha encomendado otra misión, que la de comunicar a los hombres la buena nueva de la salvación realizada por Cristo.


Organización

Las estructuras responden a una Iglesia organizada y Jerárquica. La Iglesia no es una reunión que nace de la voluntad de los que creen en Cristo y actúan espontáneamente, sino que «ha sido establecida y organizada en este mundo como una sociedad, que subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él» (LG 8).


Humildad y pobreza

Son estructuras de una Iglesia peregrina que, en su vida y en su talante, están al servicio de la comunión y de la misión que Cristo efectuó en pobreza, humildad, sacrificio, obediencia y servicio abnegado; de modo que «aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo» (LG 8).


Transparencia

Las estructuras han de ser lo más transparentes y sencillas posibles para que dejen percibir que sólo son medios al servicio de la comunión del hombre con Dios.


Servicio y solidaridad

Servidora y solidaria como instrumento y prolongación de Cristo que «fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos para buscar y salvar lo que estaba perdido; así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana [...], se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo» (LG 8).


Trascendencia

No busca su fuerza en su perfecto entramado o en la calidad o cantidad de las personas que la integran, sino en la fuerza del Espíritu Santo, la presencia de Cristo, la perseverancia en la Oración y en la comunión fraterna (Hch 42,46). Las estructuras, por tanto, valen en la medida en que cumplen la doble tarea de respuesta a la llamada de Dios y de testimonio ante los hombres. Trascendencia y encarnación son elementos esenciales y constituyentes, no solo de la estructura personal de Cristo, sino de cualquier estructura que se derive de Él y de su mensaje.


Revisión

Las estructuras nunca podrán ser un fin sí mismas. Por ello, necesitan de una constante revisión y renovación, ya que «la Iglesia encierra en su seno a pecadores y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (LG 8). Como estructuras humanas, están expuestas a la rutina, la decadencia, el cansancio, así como a la suficiencia y satisfacción narcisista en las mismas.

Sin embargo, aunque la revisión es una necesidad permanente, no puede constituirse en un ídolo que acapare la atención primordial del cristiano. Ante este deber, podríamos tener en cuenta las líneas señaladas por el teólogo Congar al respecto: «Primacía de la caridad y de lo pastoral; permanencia en la comunión; la paciencia y el respeto en las demoras; el retorno al principio de la tradición, no el retorno a la introducción de una novedad mediante una adaptación mecánica».

Nuestra fidelidad a Cristo ha de situarnos ante las siguientes preguntas: ¿Qué mediaciones son las que dan cuerpo verdadero a nuestra fidelidad a Cristo?; es decir, ¿cuáles son los signos, las cosas, los hechos a través de los cuales podemos descubrir la comunión ofrecida y mantenida ininterrumpidamente por Dios para con los hombres? ¿Cuáles son los signos, las cosas, los hechos mediante los cuales acogemos esa comunión establecida y testimoniamos nuestra permanencia en ella, es decir nuestra fidelidad a Él? ¿A través de qué acciones y formas de inserción en el mundo podemos seguir siendo testigos de Cristo?

Como han dicho los obispos de la Conferencia Episcopal Española: «Es necesario que en todas partes surja una mentalidad nueva, una visión abierta y comprensiva de la Iglesia que abarque toda su realidad y en la que todos encuentren su sitio y función. Necesitamos promover estructuras representativas, previstas y alentadas por el Concilio Vaticano II que faciliten la incorporación y la articulación de los diferentes sectores y de las numerosas instituciones en la unidad variada y viviente de la única Iglesia. Y esto, desde los niveles básicos de la parroquia, hasta los más amplios de la Diócesis» (TDV 47).


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


 

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