Las estructuras de la Iglesia diocesana: organismos de colaboración con el obispo (II)

Las estructuras de la Iglesia diocesanaLas estructuras de la Iglesia diocesana: organismos de colaboración con el obispo.

El Laicado

El Laicado es una dimensión esencial en la estructura de la Iglesia. La revalorización del laicado ha sido una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II que proclamó «la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio y el carácter peculiar a su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios» (cf. ChL 9).

La inmensa tarea que ha de realizar la Iglesia en nuestros días, hace necesarias muchas formas de presencia y de acción para llevar el mensaje del evangelio a las variadas condiciones de vida de los hombres de hoy, como son el campo cultural, social, educativo y profesional. (cf. ChL 26). Corresponde al Obispo, además de estimular en toda la Diócesis las diversas formas de apostolado, coordinarlas entre sí, para que estas vayan de acuerdo en la acción pastoral y resalte con más claridad la unidad de la Diócesis (cf. ChD 17).

Así mismo, los laicos están llamados a presentar al obispo su parecer sobre los asuntos espirituales y temporales de la Iglesia, a través del diálogo personal y de los cauces establecidos y prestar su colaboración en organismos eclesiales de ámbito diocesano, arciprestal, parroquial...


Agrupaciones laicales

Aunque «cada cristiano está llamado a ejercer el apostolado individual en las variadas circunstancias de su vida [...], sin embargo, dada la condición social del hombre y la dimensión comunitaria de la fe, los cristianos han de ejercer el apostolado aunando sus esfuerzos. El apostolado organizado responde adecuadamente a las exigencias humanas y cristianas de los fieles, y es al mismo tiempo signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo» (AA 18). La llamada de los pastores a los fieles en este sentido, es permanente y apremiante.

El apostolado comunitario encuentra su primer campo inmediato e ineludible en la familia, en la parroquia y en la diócesis. Más allá de estos espacios fundamentales, los cristianos pueden ejercer el apostolado asociado incorporándose en algunas de las asociaciones existentes o erigir, bajo la iluminación del Espíritu, otras nuevas; siempre evitando la dispersión de las fuerzas.

Las asociaciones son la materialización del derecho fundamental reconocido a todos los bautizados, de fundar, dirigir asociaciones para fines de caridad o piedad o para fomentar la vocación cristiana en el mundo.

El Código clasifica las asociaciones en «públicas» y «privadas» atendiendo a sus relaciones con la jerarquía. Todas las asociaciones deben tener sus estatutos propios, aprobados y oportunamente revisados por la autoridad eclesiástica. Si lo desean, pueden obtener también la personalidad jurídica en la ley civil. Corresponde a la autoridad eclesiástica competente erigir asociaciones de fieles que se propongan fomentar la doctrina cristiana en nombre de la Iglesia, promover el culto público u otros fines reservados por su naturaleza a la autoridad eclesiástica.

Aunque gozan de autonomía, corresponde al Ordinario cuidar de que en las asociaciones se conserve la integridad de la fe, y evitar que se deriven abusos en la disciplina eclesiástica. «Puede, además, la autoridad eclesiástica, por exigencia del bien común de la Iglesia, de entre las asociaciones y obras apostólicas elegir algunas y promoverlas de un modo peculiar» (AA 24). De entre las asociaciones, merecen hoy especial atención:


Los Movimientos Apostólicos:

Son organizaciones de apostolado seglar, generalmente especializados, que responden, en cuanto a la procedencia de sus miembros, actividades apostólicas, metodología... a medios y ambientes sociales concretos. Su misión es la evangelización de los ambientes donde se mueven sus militantes, en comunión con la Iglesia particular y las parroquias respectivas.


Las Pequeñas comunidades:

Nacen de la necesidad de vivir con mayor intensidad la vida de la Iglesia, o del deseo de buscar un encuentro humano más cercano que difícilmente pueden ofrecer las comunidades eclesiales más grandes. Pueden ser consideradas como lugar de evangelización, que ayuda a la diócesis y a la parroquia, en la medida que buscan alimentarse de la Palabra de Dios y no se dejan aprisionar por una polarización política o ideológica; evitan la contestación sistemática, el peligro de aislarse, o el orgullo de sentirse los únicos o los mejores.


La Vida Consagrada

Reviste especial importancia la presencia, y la colaboración de las personas consagradas en la fisonomía de la Iglesia Diocesana y el desarrollo de su vida pastoral. La vida consagrada «no es un estado intermedio entre los clérigos y los laicos, sino que, de uno y otro, algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la Iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta» (LG 43).

Las personas consagradas, siguiendo a Cristo por el camino de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y con la rica y multiforme variedad de los carismas peculiares de cada Instituto, representan una gran riqueza para la Iglesia Diocesana.

Los fieles diocesanos deberán estimar en su justo valor la vida consagrada, conocer los carismas de los Institutos existentes en la Diócesis, y apoyar con su aliento y oración el fiel cumplimiento de los mismos.

Por su parte, los consagrados, tratarán también de conocer, respetar y valorar las características peculiares de la Iglesia diocesana, y en concreto, de la parroquia y de la zona donde ejercen su carisma, sintiéndose miembros de la misma y prestar la colaboración personal y comunitaria que puedan ofrecer, así como tener conocimiento de la espiritualidad del presbítero diocesano y del laico.

Existen también otras formas de vida consagrada, como son los Institutos Seculares y las Sociedades de Vida Apostólica, cuyos miembros, insertos en las realidades temporales, viven de forma asociada o individual, su peculiar entrega a Dios. A estas formas se asemeja el Orden de las Vírgenes que, consagradas a Dios por el Obispo Diocesano, se entregan al servicio de la Iglesia.


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Obra original:  extracto del Libro del Sínodo, tema 11

Fuente original: Diócesis de san Cristóbal de la Laguna, Tenerife (España)


 

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