Yo formo la luz y creo las tinieblas:: sobre el ejercicio de la virtud

luzYo doy la paz, y creo la desdicha (Is 45,7)

¡Breve es la sentencia, pero es dulce fuente de miel; y de miel que de ninguna manera causa saciedad! El placer que da la miel sensible se termina en la lengua y acaba en corrupción. La miel de la doctrina penetra en la conciencia y la rocía de perpetuo placer y conduce a la inmortalidad. Además, la miel sensible se extrae de las plantas, esta otra se compone de las divinas Escrituras. De esta segunda miel os ha saciado el que en el día de hoy con tan gran elocuencia os ha predicado, y ha obtenido el fruto de vuestro asentimiento, y ha demostrado la nobleza de su caridad y su fe. ¡Ea, pues! ¡También nosotros os serviremos la mesa acostumbrada con gran presteza, porque no es poco lo que nos gozamos al ver que a pesar de la celebridad de los juegos del Circo, que son juegos de niños, los abandonasteis y habéis concurrido en tan inmensa multitud!

 

Ponemos por tanto en medio con entera confianza la crátera con toda liberalidad; crátera que engendra no embriaguez sino templanza. Porque de esta calidad es el vino de la Sagrada Escritura, de esta los manjares de la mesa presente, que no vuelven más gorda la carne y más grasosa. Y no lo decimos con el ánimo de cubrir de ignominia la carne, sino porque estimamos en más la nobleza del alma. No rechazamos el uso de las carnes, sino que reprimimos los excesos. Si nos entregamos a la virtud, conviene hacerlo en forma tal que no demos ocasión a las lenguas de los herejes. Porque al fin y al cabo, este cuerpo es inferior al alma, pero no enemigo del alma. La diferencia es que el alma es sencilla, pero el cuerpo está sujeto a las concupiscencias.

Dios nuestro Señor, el más excelente de todos los arquitectos, no construyó el universo con solas una o dos o tres substancias, sino que puso en él infinita variedad de naturalezas con el objeto de manifestar la abundancia de su sabiduría mediante la variedad de las cosas. Por tal motivo no fabricó únicamente el cielo, sino también la tierra; ni solo la tierra, sino además el sol; ni únicamente el sol, sino además la luna; ni solo la luna, sino también las estrellas; ni solo las estrellas, sino también el aire; y no solo el aire, sino también los lagos y las fuentes y los ríos, los montes, los valles y los collados, los prados, los huertos y las simientes, y las plantas y diversidad de hierbas en formas varias y entre sí distintas como puede verse; y también infinita variedad de naturalezas que puede cualquiera observar si recorre el universo en todos sus aspectos. Si va con su pensamiento por todo el orbe de la tierra, tendrá que exclamar como el profeta: ¡Cuántas son tus obras, oh Y ave, y cuan sabiamente ordenadas! ¡Todo lo has hecho con sabiduría!

Si pues anhelas concurrir a un teatro, abandona aquel satánico y ven a este espiritual. Si deseas escuchar la lira, abandona aquellas armonías y aguza tu mente y ven a escuchar esta otra que eleva tu alma y robustece tu pensamiento. Observa cómo los varios sonidos y las cuerdas distintas ofrecen a Dios, el sumo Arquitecto, una suavísima armonía y del todo perfecta. Porque a la manera del sonido de los vientos que se compone de multitud de sonidos, así esta lira, con sola una melodía produce la alabanza y glorificación de su Hacedor. Suenan las cuerdas cada cual por separado, pero además, al sonar, forman un bello conjunto. Y para que entiendas cómo suenan separadas y en conjunto, pulsa con el pensamiento la cuerda de los cielos y escucharás cómo brota un ingente sonido con que glorifica a Dios.

Así lo había advertido el profeta cuando dijo: ¡Los cielos pregonan lo gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos! Desciende ahora a la otra cuerda del día y de la noche, y observarás que también esta emite sonidos más suaves que los de una lira cualquiera o de alguna cítara; sobre todo si hay alguno que sepa pulsar como conviene las cuerdas. Pero ¿cómo suenan? preguntará alguno. ¡No mueve el cielo boca alguna, ni lengua, ni paladar! No tiene dientes ni labios. ¿Cómo entonces se forma la voz? ¿De qué manera habla el día? Porque tales criaturas no son instrumentos aptos para emitir la voz, ya que el curso del sol y de la luna solamente nos dan el día y la noche y la cuenta de los tiempos.

Para que no vaya a haber algún ignorante que se conmueva por semejante dificultad, escucha en qué forma el profeta se lanza a cosas aún mayores. Tras de haber dicho que los cielos pregonan la gloria de Dios y que el día habla al día y la noche comunica sus pensamientos a la noche, no se detuvo en esto, sino que añadió: No hay discurso ni palabra cuya voz deje de oírse? ¿Qué significa esto? ¡Es una alabanza de la voz! ¡Es un encomio del sonido! ¡Mi palabra es entendida por solo aquel que habla mi mismo idioma, pero no del que habla otro distinto! Por ejemplo: si hablo en griego y alguno sabe este idioma, me entenderá. En cambio el escita, el tracio, el mauritano, el indo, no me entenderán porque se lo impide la diversidad de los idiomas.

Igualmente yo, si me habla algún escita o tracio, no podré entenderlo ni tampoco él entenderá mi lenguaje. ¡No ha lugar a semejante cosa al tratarse del cielo y de la noche y el día, porque su voz es de tal género que los de cualquier lenguaje o idioma pueden entenderla y serles plenamente clara y manifiesta! Por tal motivo, una vez que dijo el profeta: los cielos pregonan la gloria de Dios y el día habla al día, añadió: ¡No hay discurso ni palabras cuya voz deje de oírse! Es decir que tal lenguaje y tal idioma usan el día y la noche y los cielos y todas las criaturas, que su voz es oída por las gentes de todos los idiomas y de todos los lenguajes, por todos los hombres.

Porque no hay, dice, discurso, o sea no hay gentes ni idiomas en que no se oiga la voz de los cielos. El escita y el tracio, el mauritano y el indo, el saurómata y las gentes de todos los lenguajes, pueden escuchar y entender esta voz. ¿Cómo? ¡Óyelo! ¡Comprenderás cómo el cielo puede hablar callando! Al observar su hermosura, su grandeza, su disposición y orden, su perpetuidad, su esplendor, reúne todo esto en un haz y da gloria al Creador. Entonces el cielo ha emitido su voz y ha glorificado y alabado a Dios mediante su lengua. Esto significa lo que dijo el profeta: Los cielos pregonan la gloria de Dios.

¿Cuál fue, en fin, el modo? ¡Atrayendo a quien contempla la hermosura de su esplendor a la admiración del Creador! Cuando, tras de haber contemplado tan inmensa máquina del cielo, dijeres: ¡Gloria a ti, Señor, que sacaste de la nada una máquina inmensa y la pusiste a nuestra vista!, entonces son los cielos quienes han dado a Dios esta gloria, y usando de tu lengua mostraron su admiración mediante tu vista. Así es como callando dan gloria y honor a Dios; y una voz semejante todos la perciben. Porque aunque no es posible percibirla por el oído, pero sí mediante la vista y la contemplación; y esa vista y contemplación para todos es igual, aun cuando en el idioma sean diferentes. El bárbaro, el escita, el tracio, el mauritano, el indo, todos escuchan esta voz; puesto que quienes bien discurren dan a Dios gloria, y lo alaban al ver este milagro de orden y quedan estupefactos ante su hermosura y magnitud y ante las otras cualidades del cielo.

Y lo mismo puede afirmarse del día y de la noche. Porque así como el cielo con su hermosura, su disposición, su magnitud, su esplendor, su perpetuidad, su utilidad, su eficacia y sus demás cualidades, lleva a quien las contempla a la admiración y hace que demos gloria y honor al Creador suyo, del mismo modo proceden la noche y el día. Cuando contemplas el orden y sucesión de ambos, y en qué forma el día. Una vez que ha terminado su trabajo, no se esfuerza por sacar de sus límites a la noche, ni muestra codicia alguna de usurpar las cosas ajenas; y cómo ni el día, por ser más brillante anhela llenar todo el tiempo, sino que a sus tiempos se aparta; e igualmente la noche, en cuanto ha terminado su curso, deja su sitio al día; y que esto ha sucedido por tan largos años sin que se notara confusión alguna que perturbe el orden, en forma tal que el día haya echado fuera la noche, ni la noche haya quitado alguna parte del día, a pesar de ser este más brillante y aquella más oscura ¿acaso, cuando hayas contemplado un orden tan perfecto, no glorificarás a Dios?

Como dos hermanas entre sí encariñadas y llenas de benevolencia, se dividen en partes iguales y equilibradas la herencia paterna y ni en lo más mínimo la una defrauda a la otra, así el día y la noche, habiéndose repartido el tiempo, al no quitarse ni la mínima parte del que les corresponde, guardan una igualdad tan grande como por el uso diario la conocéis y por la diaria experiencia. Oigan esto los avaros y los que despojan a sus hermanos de parte de su herencia: ¡Avergüéncense del perfecto orden de los tiempos y de la concordia entre el día y la noche y corrijan su defecto!

Tal es el modo como el día habla al día y la noche comunica a la noche sus pensamientos, no precisamente lanzando voces, sino predicando a su Creador con un sonido más penetrante que el de una trompeta, mediante su orden perfecto, su disposición, su igualdad, su medida que ningún obstáculo modifica. Y esto sucede no en un ángulo de la tierra, sino en todos los ángulos y regiones que contempla el sol. Porque semejantes voces recorren todo el mundo, ya que por todas partes lo envuelve el cielo y por todas partes existen el día y la noche, y van repartiendo sus enseñanzas por tierras y por mares. Por esto no dijo el profeta sencillamente que los cielos hablan la gloria de Dios, sino que la pregonan; es decir que instruyen en esa gloria a otros, y tienen como discípulo a todo el género humano. ¡Abren escuela para todos y en vez de libros y letras les presentan la hermosura de su naturaleza para que la contemplen: ¡a los idiotas y a los sabios y a todos, como encerrada en semejantes libros, les ofrecen la doctrina acerca de la sabiduría y el poder de Dios!

Así también los hombres que no hablan, sino que callan, pueden glorificar a Dios mediante el ministerio de otros. Y por esto decía Cristo: Así luzca vuestra luz delante de los hombres, que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos En consecuencia, así como quien observa una vida en virtudes refulgente, aun cuando quien la vive guarde silencio, glorifica y alaba a Dios, del mismo modo quien contempla la hermosura del cielo, glorifica al Creador. Por esto dice el profeta: Los cielos pregonan la gloria de Dios, es decir mediante los que los contemplan; y el día habla al día y la noche comunica con la noche sus pensamientos. ¿Qué pensamientos? ¡Los referentes al conocimiento del Creador!

Como el día saca al hombre a su trabajo, la noche, cuando llega, le proporciona descanso de sus innumerables ocupaciones y lo alivia y le adormece los ojos ya fatigados y le baja los párpados; y hace que el hombre, restauradas sus fuerzas, reciba los nuevos rayos del sol. De manera que tampoco la utilidad de la noche es pequeña, sino muy grande. Si no diera al hombre descanso de ninguno de sus trabajos, mediante la sucesión con el día, de nada le aprovecharía al hombre la llegada del día que lo vuelve de nuevo a sus ocupaciones; puesto que, aniquilada su naturaleza y destruida su parte animal por la continuidad del trabajo, perecería, y no sacaría provecho de disfrutar de la luz.

Es pues sobre todo la noche la que hace que el día sea útil al hombre; y además lo lleva al conocimiento de Dios mediante sus servicios, cuando el hombre goza de su ritmo ordenado. Cuando alguno piensa dentro de sí cuán grande es la utilidad que el día le acarrea y cuán grande también la que la noche le trae, y en qué forma la noche sucede al día, y cómo con su variada sucesión a la manera de un coro que va cambiando alternativamente, sustentan al linaje nuestro, aun cuando sea el más ignorante de todos los hombres, podrá conocer la sabiduría del Creador si aguza su entendimiento: ¡sabiduría que Dios manifiesta mediante el día y la noche, puesto que el uno nos ofrece comodidad para el trabajo y la otra descanso para el mismo trabajo!.

Pero... ¡nos ha sucedido que ya desde el exordio, nos hemos desviado a tratar de semejante materia! En cambio, como quizá algunas de las cosas que se os leyeron han perturbado a quienes tienen menos atento el ánimo y están menos versados en las Sagradas Escrituras, ¡ea, con sumo empeño y anhelo pasemos a tratar tales cuestiones! Se os leyó acerca de la mujer que padecía flujo de sangre y que cerró la fuente de su sangre mediante el contacto de las vestiduras de Cristo y mediante la fe arrebató tan gran tesoro. Porque hurto fue aquel suceso, pero hurto digno de alabanza; y la mujer que lo cometió, una vez que fue descubierta con el hurto, mereció ser encomiada. Jesús mismo, que había padecido el hurto, ensalzó a la mujer.

Se os leyó también acerca de las cicatrices y heridas y cárceles y destierros y juicios y naufragios y ataduras y cadenas y asechanzas continuas y variadas, y muertes cotidianas, y hambres y sed y desnudez y diaria solicitud de Pablo. Pero ¿qué haré yo? ¡Será necesario que, poniendo todo mi esfuerzo, me sustraiga a semejantes materias, no sea que de nuevo Pablo nos retenga y arrastre y lleve fuera del asunto que tenemos delante! Pues, como bien sabéis, muchas veces, mientras yo me dirigía a otro sitio y me volvía a otra parte, me salió al encuentro y me detuvo en mitad del discurso, y de tal manera me capturó que me obligó a terminar en él mi predicación.

A fin, pues, de que no nos acontezca ahora lo mismo, como quien enfrena con violencia el discurso que tiende hacia él, volvámoslo y traigámoslo al dicho del profeta. ¿De qué dicho se trata?: ¿Yo el Señor, dice, formo la luz y creo las tinieblas; yo doy la paz, yo creo la desdicha? ¿Veis ya cómo no en vano ni al acaso dirigimos acá nuestros pasos, sino que nos apresuramos a venir a esta materia, tras de hacer a un lado las otras? Porque la presente materia, a quien esté menos atento le causará no pequeña turbación. En consecuencia, atended, os ruego, y despertad vuestro ánimo y aguzad vuestros oídos. Haced a un lado toda solicitud del siglo y advertid a lo que se os dice. Quiero pagaros este tributo por vuestro empeño en acudir a la reunión, de tal modo que al regresar a vuestros hogares, saturados de espirituales alimentos, conozcan quienes no acudieron, por los hechos mismos, cuan grande es la pérdida que han sufrido.

Y lo sabrán, si vosotros captáis con cuidado lo que os vamos a decir, de manera que luego lo podáis transmitir: Yo el Señor formo la luz y creo las tinieblas; yo doy la paz y creo la desdicha. Repito con frecuencia el texto para que quede enclavado en vuestra mente, y podamos luego ofreceros la solución. No es este texto el único que tal afirma. Otro profeta que consuena perfectamente, decía: ¿Habrá en la ciudad calamidad cuyo autor no sea Y ave?'1 ¿Qué significa, pues, lo que dice? Porque es necesario hallar una solución única a esta clase de textos. ¿Cuál será la solución? La solución consiste desde luego en que entendamos lo que se dice. ¡Atended con diligencia, ya que no en vano ni a la ventura os exhortamos con frecuencia a que pongáis atención! ¡Nos embarcamos en cuestiones abstrusas y de mucho peso!

Hay unas cosas que son buenas, otras malas y otras como intermedias. De estas, muchas a muchos les parecen malas no siéndolo; a pesar de lo cual se las llama malas y por tales se las tiene. Mas, a fin de que mejor se esclarezca lo que voy a decir ¡Ea, procedamos a declarar nuestra afirmación! A muchos la pobreza les parece un mal, pero no lo es. Más aún: si alguno es previsor y cuidadoso, encuentra medios para alejar ese mal. Por el contrario, las riquezas parecen ser un bien, pero no son en absoluto buenas, si no se usan como conviene. Si fueran en absoluto buenas, necesariamente serían buenos los que las poseen. Pero, si no todos los ricos son virtuosos, queda en claro que las riquezas parecen ser un bien pero tomadas en sí y simplemente no son buenas ni malas, sino cierta materia que yace como puesta en medio y ofrece ocasiones de ejercitar la virtud.

Considéralo por este otro camino. Hay en el cuerpo ciertas cualidades que dan su nombre a quienes las poseen. Por ejemplo el candor y blancura no es substancia, sino una cualidad y accidente que sobreviene a la substancia. De manera que si a alguno le acontece que semejante cualidad se le adhiera, será llamado y tenido como blanco. La enfermedad es también una cualidad accidental que se adhiere a un hombre y lo llamamos enfermo. Si pues las riquezas fueran simplemente buenas, el que las posee sería simplemente bueno y debería llamarse virtuoso. Pero si el rico no está enteramente dotado de bondad, las riquezas no serán en sí y simplemente un bien y una virtud; sino que serán buenas o no según el afecto del ánimo de quien las usa. Y por el contrario, la pobreza, si fuera un mal sería necesario que todos los pobres que en ella viven fueran malos. Pero si muchos hombres han ganado el cielo, siendo pobres, la pobreza no es un mal.

Dirá alguno: pero es que muchos a causa de la pobreza blasfeman. No es por la pobreza, sino por su locura y bajeza de ánimo, por lo que blasfeman: Y esto queda en claro con el ejemplo de Job, quien reducido a la extrema pobreza, y despeñado en el abismo pleno de la indigencia, no solo no blasfemó, sino que no cesaba de alabar a Dios, y decía: ¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó! ¡Como al Señor le pareció así se hizo! ¡Sea el nombre del Señor bendito por los siglos! Dirás que muchos a causa de las riquezas roban y se echan sobre lo ajeno. ¡No sucede tal cosa a causa de las riquezas sino de la necedad. Testigo nos es el mismo Job, que abundaba en tan gran cantidad de bienes; pero no solo no robó lo ajeno, sino que aun daba de lo propio y se convertía en puerto para los peregrinos, y decía: Mi casa estuvo abierta para todo peregrino?

También Abraham, siendo tan rico, todo lo gastaba en ayudar a los peregrinos y transeúntes. Y sin embargo, ni a este ni a aquel las riquezas los hicieron ladrones ni avaros. Tampoco la pobreza volvió blasfemos a Job ni a Lázaro, pues aun faltándoles lo necesario para el sustento, llegaron a ser tan ilustres en la virtud, que a uno lo recomendó el testimonio del mismo Dios que conoce bien los arcanos de los corazones, y el otro fue llevado de acá abajo, precediéndole los ángeles, y fue a vivir en la misma tienda con el patriarca Abraham y a gozar de los mismos bienes.

De manera que tales cosas son algo intermedio, digo la riqueza y la pobreza; lo mismo que la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, la gloria y el honor, la esclavitud y la libertad, y las demás cosas a estas parecidas. No vamos a recorrer cosa por cosa para no alargar el discurso; pero vosotros con estos ejemplos podéis discurrir sobre las demás. A nosotros nos urge continuar con lo que íbamos tratando. Porque dice la Escritura: Da ocasión al sabio y se hará más sabio. En conclusión, tales cosas son algo intermedio, que el hombre puede usar para su bien o para su mal. Y que sean algo intermedio las riquezas, lo manifestó Abraham, que usó de ellas como convenía; lo manifestó el rico que vivió en los tiempos de Lázaro, pues las usó para su ruina. Las riquezas, en conclusión, de suyo no son buenas ni malas.

Si fueran buenas y no algo indiferente no habría sido castigado con penas tan severas el rico que vivió en los tiempos de Lázaro; y si fueran malas de por sí, no sería tan celebrado Abraham, que fue rico. Lo mismo se diga de la enfermedad. Si fuera un mal, sería necesario que el enfermo fuera malo. Y en consecuencia Timoteo debería haber sido malo, puesto que sufría una gravísima enfermedad. A este le dice Pablo: Usa de un poco de vino a causa de tu estómago, por tus frecuentes enfermedades. — Pero si tal motivo no lo hizo malo sino al revés, tuvo con él ocasión de grandes merecimientos —puesto que llevó con paciencia la enfermedad-, queda claro que la enfermedad no es mala.

Hubo un profeta que padecía de los ojos, y no por tal motivo era malo sino que aun profetizaba y preveía lo futuro, y la enfermedad no le servía de impedimento para la virtud. Tampoco la salud es simplemente buena, a no ser que quien la posea la use como conviene, y no para cometer algún crimen o entregarse al ocio vano, porque ya el ocio mismo no deja de ser pecado. Pablo decía: El que no quiera trabajar, no cornal En resumen: tales cosas son como intermedias e indiferentes y se hacen buenas o malas, según el modo como las usen quienes las poseen. Mas ¿para qué traer a la memoria la salud o la enfermedad, la riqueza o la pobreza? ¡Lo que según el vulgo es el colmo de todos los males y como resumen de todos los bienes, quiero decir la muerte y la vida, no son, absolutamente hablando, ni buenas ni malas sino indiferentes, y según las sobrelleva el ánimo de quien las usa se hacen buenas o malas!

Por ejemplo. Bueno es vivir si alguno usa de la vida como conviene: pero si la usa para entregarse a los pecados e iniquidades, ya no es buena sino que sería mucho mejor que quien así procede, muriera. Y por el contrario, la muerte, que todos piensan que debe huirse, nos acarrea infinitos bienes cuando se sufre por un motivo conveniente. Lo prueban los mártires, pues a causa de su muerte son los más felices de los hombres. Pablo no simplemente deseaba vivir en Cristo, sino porque de ahí resultaba fruto de buenas obras. Porque dice: ¡No sé elegir! Por ambas partes me siento apretado, pues de un lado deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor; por otro, quiero permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. Y por el mismo motivo decía el profeta: Preciosa es en el acatamiento del Señor la muerte de los santos. ¡No simplemente la muerte, sino semejante muerte! Y por el contrario, en otra parte, dice: ¡La muerte de los pecadores, pésima!

¿Observas cómo también la muerte es cosa indiferente y que no es ni simplemente buena ni simplemente mala, sino que se califica según la disposición de ánimo de quienes la reciben? Por esto el sapientísimo Salomón cuando hace memoria de la utilidad que en las cosas indiferentes está colocada, y discurre acerca de ellas, y demuestra que no son absolutamente buenas unas y malas otras, sino que unas se hacen buenas mediante la conveniencia del tiempo, aunque parezcan molestas, y lo malo se hace malo aunque parezca agradable, decía de las mismas cuando no se hacen a sus tiempos convenientes: Tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de vivir y tiempo de moriré No siempre el gozo es un bien, sino que a veces es un mal y daño; ni siempre dolerse es un mal, sino que a veces resulta dañino y mortal. Y Pablo declarando lo mismo, decía: Pues la tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de que jamás hay que arrepentirse; mientras que la tristeza según el mundo lleva a la muerte.

Mira, pues, cómo también esto es algo intermedio y cosa indiferente; y por lo mismo también lo es su contrario, o sea el gozarse. Por lo mismo Pablo ordenó no simplemente gozarse, sino gozarse en el Señor. Pero ya hemos aclarado esta cuestión suficientemente en lo de las cosas indiferentes, si es que nuestros oyentes nos han prestado atención. Resta que vengamos a las cosas que no son indiferentes, sino buenas y que no pueden convertirse en malas; y a las malas que jamás pueden ser buenas. Porque las que hemos mencionado a veces son de un modo y a veces de otro. Así pasa con las riquezas que ahora sirven para arrebatar lo ajeno y son malas y ahora se gastan en hacer limosnas y son buenas. Y lo mismo las otras cosas, siguiendo la misma regla.

Pero hay cosas que nunca pueden ser malas mientras que las que les son contrarias siempre son malas y nunca pueden ser buenas. Tales son la impiedad, la blasfemia, la lascivia, la crueldad, la inhumanidad, la gula y otras del mismo género. Notad que no afirmo que un hombre por ser malo ya no pueda volver a ser bueno, ni que quien es bueno jamás pueda hacerse malo; sino que tales cosas en sí mismas jamás puede hacerse que sean lo contrario. Cada una al permanecer en su género o es buena o es mala. El hombre, cuando ha elegido el primer género se hace bueno; cuando elige el contrario se hace malo.

Hay en consecuencia tres órdenes de cosas: las buenas que nunca pueden hacerse malas, como la templanza, la limosna y otras; hay otras malas que nunca pueden hacerse buenas, como la lascivia, la inhumanidad, la crueldad; otras hay en fin que son buenas o malas, según la disposición de ánimo de quienes las practican. Las riquezas a veces sirven para hacer limosnas, a veces para usurpar los bienes ajenos. Acontece esto por la disposición de ánimo de quienes las usan. La pobreza algunas veces es causa de blasfemia, otras es de bendecir y ser virtuoso.

En consecuencia, no pocos hombres ignorantes —porque se hace necesario venir ya a la solución de la dificultad— llaman malas no solo a las cosas que jamás pueden ser buenas, sino también a algunas de las indiferentes como la pobreza, la cautividad, la esclavitud, el hambre y otras parecidas, que ya demostramos que han de contarse entre las indiferentes. Hay muchos que llaman malas a las cosas que no lo son. Y precisamente de estas habla el profeta. Es decir de las que en la estima del vulgo son malas, pero en realidad no lo son, como la cautividad, la esclavitud, el hambre y otras. Demostramos ahora cómo semejantes cosas no solo no son malas, sino que sirven mucho para apartar de las malas; y comencemos por la primera que nombramos: el hambre, que a todos parece ser cosa temible y verdaderamente espantosa.

Observa en qué forma no es mala, sino que más bien adoctrina para vivir bien. Como el pueblo de los hebreos llegara al colino de la perversidad, el gran Elías —verdaderamente digno del cielo— quiso curarlo de su entorpecimiento; y para corregirlo, le dijo: «Vive el Señor a quien sirvo que no habrá lluvia sino por mi palabra». Él, que no poseía sino una piel de cordero, cerró los cielos: ¡tanto pudo para con Dios! ¿Miras cómo la pobreza no es un mal? De otro modo no hubiera merecido tanto favor con Dios quien era el más pobre de los mortales, ni habría demostrado tan grande poder mientras aún vivía sobre la tierra, mediante su sola palabra. Una pronunció y trajo el hambre, a la manera de un excelentísimo pedagogo y corrector de los pecados que habían acontecido.

Y como suele suceder cuando una fiebre intensa se ha apoderado del organismo, las venas mismas de la tierra estaban áridas, y los torrentes se secaban y también las plantas. Y en adelante las entrañas de la tierra se mostraron totalmente estériles. Sin embargo, vino así al pueblo no pequeña utilidad, pues reprimió el ímpetu con que se lanzaban al pecado; y con el castigo se tornaron más modestos, con mayor temperancia, más mansos y obedientes al profeta. Quienes corrían hacia los ídolos y les sacrificaban a sus propios hijos, no se indignaron cuando se dio muerte a tan numerosos sacerdotes de Baal, ni se dolieron. Mejorados mediante el hambre, llevaron en paciencia la matanza, en silencio y temerosos.

¿Adviertes cómo el hambre no es mala, sino que incluso hasta aprovecha para quitar ciertos males y pecados, y hace las veces de remedio para sanar ciertas enfermedades? Y si quieres ver cómo la cautividad tampoco es mala, piensa en cómo eran los judíos antes de la cautividad, y cómo en la cautividad misma, a fin de que conozcas que ni la libertad es absolutamente buena ni la cautividad absolutamente mala. Cuando gozaban de libertad y vivían en su patria, de tal modo se portaban, que diariamente clamaban contra los profetas, y conculcaban las leyes, adoraban a los ídolos, violaban los mandamientos de Dios. Pero una vez que fueron llevados a una tierra extraña, y hubieron de vivir en la región de los bárbaros, finalmente de tal modo quedaron humillados y se mejoraron y guardaron la Ley, que vale la pena poneros ahora delante el salmo de donde puede colegirse j para que por los frutos conozcáis lo que les sirvió la cautividad.

¿Qué salmo? El que dice: ¡Junto a los ríos de Babilonia, ahí nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión! De los sauces de sus orillas suspendíamos nuestras cítaras. Ahí los que nos tenían cautivos nos pedían que cantásemos, y decían: ¡cantadnos alguno de los cantares de Sión! ¿Cómo cantaremos en tierra extranjera los cánticos de Yavé? ¿Ves cómo la cautividad los humilló? Porque antes no sufrían a los profetas que los amonestaban que no traspasasen la Ley; pero después, aun instándoles los bárbaros y obligándolos sus señores a que traspasaran la Ley, no los obedecían, sino que les contestaban: ¡No cantaremos el cántico del Señor en tierra extraña! porque la Ley no les permitía hacerlo.

Considera, por otra parte, a los tres jóvenes, a quienes no solo no dañó el cautiverio, sino que resultaron por ese medio más esclarecidos. Y lo mismo sucedió a Daniel. Y en cuanto a José ¿qué mal padeció cuando fue hecho peregrino y esclavo y cautivo? ¿Acaso no fue precisamente esto lo que lo tornó resplandeciente? En cambio ¿qué lucro se le siguió a la mujer bárbara que vivía entre riquezas, soberbia y libertades? ¿No fue acaso la más miserable de las mujeres, puesto que quiso usar de tales cosas como no convenía que se usaran? Queda, pues, demostrado hasta la evidencia qué cosas sean malas y cuáles buenas y cuáles indiferentes, y que el profeta hablaba de las últimas que en realidad no son malas, sino que al vulgo parecen malas, como son la cautividad, la servidumbre, el destierro.

Conviene ahora adoctrinaros sobre la causa por la que dijo el profeta semejantes cosas. Siendo Dios benigno y pronto en compadecerse, y en cambio tardío v lento para castigar, con el objeto de no tener que imponer penas a los judíos, les enviaba los profetas que los aterrorizasen con las palabras, pero no los castigaran con hechos. Así procedió con los ninivitas. Les amenazó con destruirles su ciudad; pero para no destruirla, como en efecto no lo hizo. Igualmente procedió en nuestro caso: envió profetas, amenazó con acometidas de bárbaros, con guerras y cautividad y destierro y permanencia en una tierra extraña. A la manera de un padre benigno e indulgente que quiere corregir a su hijo lascivo y perezoso, busca el azote, amenaza con la correa y dice: ¡lo ataré, lo azotaré, lo mataré!; y se presenta terrible en sus palabras para reprimir la perversidad del mozuelo, así Dios continuamente amenazaba porque quería, mediante el temor, hacerlos mejores.

Como el diablo lo entendiera y quisiera a su vez impedir la enmienda que de las amenazas iba a seguirse, les envió pseudoprofetas. Y mientras los verdaderos profetas les anunciaban calamidades, cautividad, servidumbre, hambre, aquellos al revés les pronosticaban todo lo contrario: paz, fertilidad en sus tierras, abundancia de bienes infinita. Entonces los profetas los reprendían y les decían: ¡Paz, paz! Pero ¿en dónde está la paz? Ya saben todos los que tienen empeño en conocer las Escrituras! cómo sucedió en efecto cuanto los profetas habían predicho contra los pseudoprofetas, que debilitaban el esfuerzo del pueblo para la enmienda y le quebrantaban sus anhelos. Corrompían al pueblo en tal grado, que dijo Dios por sus profetas: ¡Yo Dios doy la paz, yo creo la desgracia! ¿Qué desgracia? ¡Los males que he enumerado: cautividad, esclavitud y otros tales! Pero no la fornicación, ni la lascivia, ni la avaricia ni cosas semejantes. Por lo mismo, cuando otro profeta dijo: ¿Habrá en la ciudad desgracia que no haya hecho el Señor?, hablaba de estas desgracias: hambre, enfermedad, castigos enviados por Dios. En el mismo sentido dice Cristo: ¡Bástale al día su maldad! No se refiere sino a los trabajos y aflicciones.

En conclusión, lo que dice el profeta es esto: que los pseudoprofetas no os tornen remisos para el bien ni os quiten las fuerzas, puesto que Dios os puede volver la paz y también entregaros a la cautividad. Y esto es lo que significa doy la paz, creo la desgracia. Para que veas ser esto verdad, examinemos cada frase con toda exactitud. Dijo primero: Yo formo la luz y creo las tinieblas. Luego añadió: Yo doy la paz y creo la desdicha. Puso primero dos cosas entre sí contrarias, y enseguida otras dos también entre sí contrarias, para que con esto entendieras que El no hablaba de la fornicación, sino de las otras calamidades.

Porque ¿qué es lo que se opone a la paz? ¡Manifiestamente la cautividad y no la lascivia ni la fornicación ni la avaricia! Puesto que así como puso en primer lugar dos cosas contrarias, igualmente ha de juzgarse de la segunda frase. Lo contrario de la paz no es la fornicación ni el adulterio ni la lascivia ni otro alguno de semejantes vicios, sino la cautividad y la esclavitud. Los hombres se impresionan en referencia a las demás cosas de igual manera que con los elementos. Por ejemplo. Dice: así como formo la luz y las tinieblas. Ahora bien a muchos la luz les parece agradable y las tinieblas les parecen molestas y hablan de la noche como de un mal y del mismo modo se expresan en referencia a las demás cosas. Pero no hay razón para acusar la noche ni las tinieblas, ni tampoco la cautividad ni la esclavitud.

Por mi parte, pregunto: ¿Qué de malo tienen las tinieblas? ¿No son un descanso de los trabajos? ¿No son un alivio en los cuidados? ¿No son un acabarse los dolores? ¿No son la reparación de las fuerzas? Si no existieran la noche y las tinieblas ¿cuándo podríamos gozar de la luz? ¿No se habría destrozado y deshecho la parte animal del hombre? Pues así como a los insensatos las tinieblas les parecen algo malo, aun cuando no lo son y las necesitamos para poder gozar de la luz del día mismo y nos vuelven más aptos para los trabajos que durante el día emprendamos y nos rehacen mediante el descanso, así la cautividad no es un mal. Y de esta trataba el profeta cuando decía: doy la paz, creo la desdicha. Más aún: es una cosa útil para los que la usan como se debe. Los vuelve más moderados y más apacibles, porque les quebranta la arrogancia.

La virtud de ningún modo puede ser reducida a esclavitud ni a cautividad ni ser vencida por nadie, ni por el cautiverio ni por la pobreza ni por la muerte misma, que es la más poderosa de todas las cosas. Así lo declaran cuantos han sufrido semejantes desgracias y mediante ellas han resultado más esclarecidos. ¿En qué dañó la esclavitud a José —pues nada impide que traigamos de nuevo al medio a este varón— o en qué las cadenas? ¿En qué las ataduras? ¿En qué la calumnia? ¿En qué las asechanzas? ¿En qué el destierro en extraña región? ¿En qué la permanencia en esta? ¿En qué dañó a Job la pérdida de sus manadas y rebaños o la muerte violenta y prematura de sus hijos o las llagas de su cuerpo o las fuentes de gusanos o el dolor intolerable o el estar sentado en el estiércol o las asechanzas de su mujer o los oprobios de sus amigos o las injurias de sus criados?

¿En qué dañó a Lázaro el estar postrado en el vestíbulo y que los canes lo lamieran con sus lenguas? ¿En qué lo dañaba el hambre continua? ¿En qué el desprecio del rico, las Hagas, la enfermedad insoportable? ¿En qué el yacer abandonado de cuantos podían ayudarle o el ser despreciado de cuantos podían auxiliarlo? ¿En qué dañó a Pablo el enjambre de males, las cárceles, los destierros y expulsiones, las muertes, los naufragios y las demás aflicciones que nadie con sus discursos puede enumerar?

Considerando tales cosas, huyamos de la perversidad, procuremos la virtud, oremos para no caer en tentación. Y si alguna vez cayéremos, no lo llevemos a mal ni nos indignemos. ¡Medios de ejercitar la virtud son todas las cosas para quienes las usen en la forma conveniente! ¡Mediante todas las cosas podemos adquirir, con tal de que perseveremos vigilantes, el beneplácito divino y después disfrutar de los bienes eternos! Ojalá nos acontezca así a todos, en Cristo Jesús, Señor nuestro, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

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